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Ricardo

Como observarán estamos cumpliendo escrupulosamente el plan que nos trazamos para este trimestre; así que con el Documento de hoy –de título Ricardo– andamos finalizando nuestro compromiso.
Como podrán observar la trilogía correspondiente a Emilio Marín durante este trimestre ha sido de lo más variada y rica. Variada por la diferente temática abordada; rica por los matices que en cada una de ellas ha sabido plasmar.

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El aroma del ciprés

Los rayos de sol, todavía luchan por deshacerse del tul nocturno que cubre el penacho de los montes en el borroso horizonte, y el hermano Romaguera, como todas las mañanas, sale a la puerta de su cueva, y acude hasta la ermita para hacer sonar la solitaria campana. Anuncia, a los habitantes del valle, el comienzo de la nueva jornada. Nadie sabe explicarse el por qué, pero hasta los más perezosos obedecían a la argentina voz que les llega desde la altura del cercano monte: ¡A laborar! ¡A laborar!

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El robo fingido

Aún cuando pareciera que nos habíamos olvidado, pues desde finales del mes de septiembre no habíamos publicado nada de nuestro autor, nada más lejos de la realidad. En efecto, hoy retomamos de nuevo su buen quehacer y les proponemos este episodio: El robo fingido.
Arranca de una anécdota sucedida en La Sierra, pero el autor es capaz de elevarse sobre dicha anécdota y plasmar un relato ciertamente conmovedor y, lo más importante, crear un ambiente con simples elementos, tomados de los paisajes de nuestra geografía, difícilmente imaginables.

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Fiestas

Aunque las fotos que acompañan el documento nada tienen que ver con los hechos descritos; aunque se trata de aquello que cualquier autor formal pondría en el frontispicio, relativo a que los hechos y los personajes son imaginarios… cualquier coincidencia es mera casualidad… el origen y causa del escrito, nos asevera el autor, es real y ocurrió en un pueblo del que Pepe Ciges escribiera aquello de:
La llástima es que Engra, hoy
ya no es ni sombra de aquello…
No es na más que un espejismo
como ixos de los desiertos
que embaucan al caminante
que va perdido y sediento;

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El asno Romero

Todas las mañanas era la misma rutina, sin embargo Ambrosio no se lamentaba por ello. A él le gusta salir temprano cada día. Apenas las primeras luces del alba habían apagado las farolas del alumbrado, caminaba tras el asno que trasportaba los cántaros de leche que repartía entre el vecindario. En aquella temprana hora, apenas sí se cruzaba en su camino algún vecino madrugador que, con paso presuroso, se dirigía hacia su trabajo diario, y que con las prisas apenas se dedicaban un saludo. Esta tranquilidad matutina apenas se veía alterada.

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La vaca Rosenda

Rosenda es una pequeña vaca que pasta en el prado que avecina con la casa de Doña Inés. Esta vecindad ha compuesto un curioso binomio entre la vaca y la mujer, y ello ha sido fruto de un sentimental concepto de la convivencia, cerca de por medio, entre ellas dos. Una, la mujer, descansa en el porche sobre una mecedora, mientras la otra, la vaca, ramonea la hierba. Un mugido, una risa, y el triqui-traca incesante del mecerse, son el idioma con que las dos parece que se comunican.

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La venganza del carpintero

Hace ya algunas semanas, en concreto, el 22 de mayo del año pasado –nº II/38 del blog De parla enguerina– , nos hacíamos eco del suceso objeto de la pluma de Emilio Marín, que ahora les presentamos, pero en la pluma de Fernando Palop. Éste último lo tituló La bufalaga cuando lo publicó en la Revista Enguera’76.

Hoy, como venimos de afirmar, publicamos una nueva versión del suceso, bien que gracias a la pluma de otro ilustre enguerino.

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El tío Villa

Antes que el sol arranque los primeros destellos en el espejo del agua, o sobre el satinado mármol de la fuente, ya el Mercado ha cobrado vida. Y en él, el puesto de “Venta de Salazones”. Aquel puesto, (una mesa con mástiles para sostener el toldo que igual servía para los días de lluvia como para los de implacable sol del verano) como la blanca tela de un velero de tierra adentro, ya está allí, como todos los sábados de toda la vida. (Los sábados es el día de Mercado) Siempre ocupando la misma esquina de la misma plaza, salvo por obras o en días de feria.

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El Trabuquero Mayor

Telesforo, aparte del producido por un nombre tan chistoso, sufre un terrible trauma. Una tara en su autoestima que le mortifica: él quería ser Trabuquero Mayor en las próximas Fiestas, y no puede serlo. Para ejercer tal cargo hay que ser un hombre rico, y él no lo es. El no es más que un peón en la herrería de Baldomero. Herrar caballerías y poco más, por eso era pobre. Baldomero, el dueño de la herrería sí era rico, y por ello va ha ser Trabuquero Mayor en las Fiestas Patronales.

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Recordando

Con el documento de hoy incorporamos una nueva firma al cosmos gracias a las que, con todas ellas, brilla nuestro blog.

Se trata de un enguerino que vive a caballo entre su lugar de nacimiento y el del trabajo; es decir, otro más de los que, hace algunas décadas, denominábamos “enguerinos de fuera”, según aquella trilogía de enguerinos, enguerinos de fuera y folasteros…

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