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El asno Romero

Todas las mañanas era la misma rutina, sin embargo Ambrosio no se lamentaba por ello. A él le gusta salir temprano cada día. Apenas las primeras luces del alba habían apagado las farolas del alumbrado, caminaba tras el asno que trasportaba los cántaros de leche que repartía entre el vecindario. En aquella temprana hora, apenas sí se cruzaba en su camino algún vecino madrugador que, con paso presuroso, se dirigía hacia su trabajo diario, y que con las prisas apenas se dedicaban un saludo. Esta tranquilidad matutina apenas se veía alterada.

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La vaca Rosenda

Rosenda es una pequeña vaca que pasta en el prado que avecina con la casa de Doña Inés. Esta vecindad ha compuesto un curioso binomio entre la vaca y la mujer, y ello ha sido fruto de un sentimental concepto de la convivencia, cerca de por medio, entre ellas dos. Una, la mujer, descansa en el porche sobre una mecedora, mientras la otra, la vaca, ramonea la hierba. Un mugido, una risa, y el triqui-traca incesante del mecerse, son el idioma con que las dos parece que se comunican.

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La venganza del carpintero

Hace ya algunas semanas, en concreto, el 22 de mayo del año pasado –nº II/38 del blog De parla enguerina– , nos hacíamos eco del suceso objeto de la pluma de Emilio Marín, que ahora les presentamos, pero en la pluma de Fernando Palop. Éste último lo tituló La bufalaga cuando lo publicó en la Revista Enguera’76.

Hoy, como venimos de afirmar, publicamos una nueva versión del suceso, bien que gracias a la pluma de otro ilustre enguerino.

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El tío Villa

Antes que el sol arranque los primeros destellos en el espejo del agua, o sobre el satinado mármol de la fuente, ya el Mercado ha cobrado vida. Y en él, el puesto de “Venta de Salazones”. Aquel puesto, (una mesa con mástiles para sostener el toldo que igual servía para los días de lluvia como para los de implacable sol del verano) como la blanca tela de un velero de tierra adentro, ya está allí, como todos los sábados de toda la vida. (Los sábados es el día de Mercado) Siempre ocupando la misma esquina de la misma plaza, salvo por obras o en días de feria.

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El Trabuquero Mayor

Telesforo, aparte del producido por un nombre tan chistoso, sufre un terrible trauma. Una tara en su autoestima que le mortifica: él quería ser Trabuquero Mayor en las próximas Fiestas, y no puede serlo. Para ejercer tal cargo hay que ser un hombre rico, y él no lo es. El no es más que un peón en la herrería de Baldomero. Herrar caballerías y poco más, por eso era pobre. Baldomero, el dueño de la herrería sí era rico, y por ello va ha ser Trabuquero Mayor en las Fiestas Patronales.

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Recordando

Con el documento de hoy incorporamos una nueva firma al cosmos gracias a las que, con todas ellas, brilla nuestro blog.

Se trata de un enguerino que vive a caballo entre su lugar de nacimiento y el del trabajo; es decir, otro más de los que, hace algunas décadas, denominábamos “enguerinos de fuera”, según aquella trilogía de enguerinos, enguerinos de fuera y folasteros…

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El campanero

Como dijimos en la introducción a este segundo trimestre Emilio Marín Tortosa nos deleitará con sus narraciones. Hoy comenzamos la publicación de su serie Historias modestas, qu é mismo define con estas palabras:

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Juan, el Sacristán

Él era el que más madrugaba de todos. Ya fuese laborable, domingo o fiesta de guardar, él, bien de mañana, todavía no se habían apagado los faroles, enfilaba la empinada cuesta de la calle, que nace a la misma puerta de su casa, y que le lleva hasta la Plaza de la Iglesia. Tiene que abrir las puertas del Templo. Él era el encargado de hacerlo, y no quería retardarse en aquella operación no fuese que en alguna inclemente madrugada de invierno, una de las beatas, de las que hacían cola en la puerta, se quedase tiesa de frío…

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Manrique, el Soldado

Manrique estaba viejo. Ya era un hombre mayor, pero estaba más viejo de lo que cabría esperar. Los avatares de la vida la habían pasado por encima, dejando sobre él la huella decadente de una mala vida. Nada de eso fue voluntario ni elegido por él, las cosas vinieron así y no pudo, o no supo, oponerse a ellas. Ahora podía decirse, con buena parte de razón, que estaba viviendo la etapa más tranquila de su ya dilatada vida.

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La Sierra

El sol irrumpe en el valle, tras jugar al tobogán por el lomo de la sierra, despertando la vida en los caseríos. El gallinero alborota con su kikirikí, en su cochinera los cerdos gruñen su hambre, mientras las caballerías rebuznan su impaciencia, y Miguel, el casero, sale a la pálida luz de la calle abrochando su bragueta después de la obligada micción de la mañana bajo la higuera que delimita la zona habitable de la masía. Inés, su mujer, carga con el capazo lleno de grano para el averío. La jornada de trabajo en el campo comienza temprano.

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