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El campanero

Como dijimos en la introducción a este segundo trimestre Emilio Marín Tortosa nos deleitará con sus narraciones. Hoy comenzamos la publicación de su serie Historias modestas, qu é mismo define con estas palabras:

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La Calle Molina

El trabajo de esta semana lo firma Pepe Marín. De él ya hemos publicado en este blog varios trabajos, entre otros: El Telar manual (22 de Junio) o El Festín Higuero (8 de octubre).
Hoy nos honra recordando su calle: la calle Molina; una calle en que a medida que vas p’abajo, los números de las casas van p’arriba…, nos comenta con cierta ironía.

Mantiene los recuerdos y los expresa con una mezcla de nostalgia, no exenta de cariño. Recuerda a sus vecinos: a quién apreciaba, a quién admiraba, a quién quería… pero todos son parte de su vida.

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Elegía a Pesahumos

La Redacción del blog ha decidido publicar esta Elegía a la Muerte de Pesahumos, aún a pesar del estado físico del Documento, por esta razón singular: nuestro gran Emilio Granero era un gran sentimental.

En efecto, conocido el óbito de su amigo, le surgen una serie de sentimientos desde lo más profundo de las entrañas. Sentimientos e imágenes literarias que pretendemos sean conocidos, especialmente, por quienes sólo identifican al gran escritor a través de los reiterados ditirambos que le dedicaran post-mortem.

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Navalón

Todo comenzó un domingo de verano. Era medio día. Comí y subí a la parte alta de la casa en que vivía, donde todavía vivo con mi familia, buscando en una habitación cumplir con la sana costumbre española de dormir la siesta. Fue inútil. El insoportable calor que allí, en la parte alta de la casa, hacía me lo impidió. Tras un tiempo intentando caer en el pozo del sueño, desistí y bajé al sótano, que todavía hoy pervive en la casa, buscando el frescor que estaba seguro de encontrar allí.

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Tintorerías

Cuando los no entendidos oímos hablar de tinte, inmediatamente lo relacionamos con aquellas operaciones relativas al cambio de color de un elemento. Precisamente por ello y para que apreciemos el trabajo de aquellos antepasados nuestros, que fueron conocidos como tintoreros, debemos tener en cuenta que, de normal, comprende dos actividades, a saber: las relativas al lavado y las relativas a la coloración de un artículo.

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San Antonio

Aprovechamos la festividad de la calle San Antonio de Padua para presentarles el trabajo de nuestro colaborador José Marín Tortosa, relativo el documento a la maravillosa relación entre los vecinos de esta calle.

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Juan, el Sacristán

Él era el que más madrugaba de todos. Ya fuese laborable, domingo o fiesta de guardar, él, bien de mañana, todavía no se habían apagado los faroles, enfilaba la empinada cuesta de la calle, que nace a la misma puerta de su casa, y que le lleva hasta la Plaza de la Iglesia. Tiene que abrir las puertas del Templo. Él era el encargado de hacerlo, y no quería retardarse en aquella operación no fuese que en alguna inclemente madrugada de invierno, una de las beatas, de las que hacían cola en la puerta, se quedase tiesa de frío…

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La leche y sus derivados

Seguro que alguna vez te habrás preguntado cómo se las arreglaban nuestros abuelos con la leche que debía producirse en gran cantidad en la Sierra, pues los datos de que se disponen hablan de grandes cantidades de cabras, ovejas y vacas.
El autor no llegó a conocer aquella época, sino la de los años 40 del siglo pasado y, en referencia a ella escribe, entre otras cosas, lo siguiente:
“También llegué a conocer, e incluso participé activamente, aquella costumbre de tener una o varias cabretas en régimen, diríamos, de una especie de pupilaje. Me explico, atendiendo a mi propia experiencia.

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El Tercio

“El nombre de “EL TERCIO” fue tomado al azar, o tal vez alguno de ellos había hecho la mili en una de las unidades llamadas Tercios que entonces había en el Ejército de España, y había tenido la ocurrencia del nombre.

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Manrique, el Soldado

Manrique estaba viejo. Ya era un hombre mayor, pero estaba más viejo de lo que cabría esperar. Los avatares de la vida la habían pasado por encima, dejando sobre él la huella decadente de una mala vida. Nada de eso fue voluntario ni elegido por él, las cosas vinieron así y no pudo, o no supo, oponerse a ellas. Ahora podía decirse, con buena parte de razón, que estaba viviendo la etapa más tranquila de su ya dilatada vida.

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