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Manrique, el Soldado

Manrique estaba viejo. Ya era un hombre mayor, pero estaba más viejo de lo que cabría esperar. Los avatares de la vida la habían pasado por encima, dejando sobre él la huella decadente de una mala vida. Nada de eso fue voluntario ni elegido por él, las cosas vinieron así y no pudo, o no supo, oponerse a ellas. Ahora podía decirse, con buena parte de razón, que estaba viviendo la etapa más tranquila de su ya dilatada vida.

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La Sierra

El sol irrumpe en el valle, tras jugar al tobogán por el lomo de la sierra, despertando la vida en los caseríos. El gallinero alborota con su kikirikí, en su cochinera los cerdos gruñen su hambre, mientras las caballerías rebuznan su impaciencia, y Miguel, el casero, sale a la pálida luz de la calle abrochando su bragueta después de la obligada micción de la mañana bajo la higuera que delimita la zona habitable de la masía. Inés, su mujer, carga con el capazo lleno de grano para el averío. La jornada de trabajo en el campo comienza temprano.

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Zapatero Remendón

Tenía en su garganta un jilguero, y la maestría de sus manos convertía su oficio en arte. Para cantar, a falta de buena guitarra, se acompañaba con el sonido del martillo al golpear sobre las suelas por remendar. Se puede decir, sin faltar a la verdad, que Rafael aupó la autoestima de los zapateros remendones hasta cotas nunca alcanzadas hasta entonces. El tal oficio de zapatero remendón, socialmente, estaba reservado, y bien visto, para hombres con algún tipo de minusvalía física, y que pertenecieran a la clase social más marginal.

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