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Teatro

En este su segundo trabajo, que publicamos en nuestro blog, Emilio Marin plasma su concepto sobre lo que siente sobre esa realidad tan maravillosa de la que ha sufrido y disfrutado, conocida con el nombre genérico de Teatro.

Como es fácilmente comprensible analiza lo que, a su entender, definen esa realidad; a saber:
El autor
Los actores y
El público

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El campanero

Como dijimos en la introducción a este segundo trimestre Emilio Marín Tortosa nos deleitará con sus narraciones. Hoy comenzamos la publicación de su serie Historias modestas, qu é mismo define con estas palabras:

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Juan, el Sacristán

Él era el que más madrugaba de todos. Ya fuese laborable, domingo o fiesta de guardar, él, bien de mañana, todavía no se habían apagado los faroles, enfilaba la empinada cuesta de la calle, que nace a la misma puerta de su casa, y que le lleva hasta la Plaza de la Iglesia. Tiene que abrir las puertas del Templo. Él era el encargado de hacerlo, y no quería retardarse en aquella operación no fuese que en alguna inclemente madrugada de invierno, una de las beatas, de las que hacían cola en la puerta, se quedase tiesa de frío…

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Manrique, el Soldado

Manrique estaba viejo. Ya era un hombre mayor, pero estaba más viejo de lo que cabría esperar. Los avatares de la vida la habían pasado por encima, dejando sobre él la huella decadente de una mala vida. Nada de eso fue voluntario ni elegido por él, las cosas vinieron así y no pudo, o no supo, oponerse a ellas. Ahora podía decirse, con buena parte de razón, que estaba viviendo la etapa más tranquila de su ya dilatada vida.

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La Sierra

El sol irrumpe en el valle, tras jugar al tobogán por el lomo de la sierra, despertando la vida en los caseríos. El gallinero alborota con su kikirikí, en su cochinera los cerdos gruñen su hambre, mientras las caballerías rebuznan su impaciencia, y Miguel, el casero, sale a la pálida luz de la calle abrochando su bragueta después de la obligada micción de la mañana bajo la higuera que delimita la zona habitable de la masía. Inés, su mujer, carga con el capazo lleno de grano para el averío. La jornada de trabajo en el campo comienza temprano.

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Zapatero Remendón

Tenía en su garganta un jilguero, y la maestría de sus manos convertía su oficio en arte. Para cantar, a falta de buena guitarra, se acompañaba con el sonido del martillo al golpear sobre las suelas por remendar. Se puede decir, sin faltar a la verdad, que Rafael aupó la autoestima de los zapateros remendones hasta cotas nunca alcanzadas hasta entonces. El tal oficio de zapatero remendón, socialmente, estaba reservado, y bien visto, para hombres con algún tipo de minusvalía física, y que pertenecieran a la clase social más marginal.

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