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La desesperación de Felipe

La crisis, según decían, iba para largo, y los trabajadores que como él había perdido su trabajo, tendrían muchas dificultades para encontrar uno nuevo durante bastante tiempo. Después de casi veinte años trabajando en la construcción, con un salario bastante alto, se enfrentaba a un futuro sin trabajo, y por lo tanto, sin un salario que aportar a su casa. Tiene mujer y tres hijos pequeños. En su familia están hechos a no pasar necesidades básicas.

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Ricardo

Como observarán estamos cumpliendo escrupulosamente el plan que nos trazamos para este trimestre; así que con el Documento de hoy –de título Ricardo– andamos finalizando nuestro compromiso.
Como podrán observar la trilogía correspondiente a Emilio Marín durante este trimestre ha sido de lo más variada y rica. Variada por la diferente temática abordada; rica por los matices que en cada una de ellas ha sabido plasmar.

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El aroma del ciprés

Los rayos de sol, todavía luchan por deshacerse del tul nocturno que cubre el penacho de los montes en el borroso horizonte, y el hermano Romaguera, como todas las mañanas, sale a la puerta de su cueva, y acude hasta la ermita para hacer sonar la solitaria campana. Anuncia, a los habitantes del valle, el comienzo de la nueva jornada. Nadie sabe explicarse el por qué, pero hasta los más perezosos obedecían a la argentina voz que les llega desde la altura del cercano monte: ¡A laborar! ¡A laborar!

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El robo fingido

Aún cuando pareciera que nos habíamos olvidado, pues desde finales del mes de septiembre no habíamos publicado nada de nuestro autor, nada más lejos de la realidad. En efecto, hoy retomamos de nuevo su buen quehacer y les proponemos este episodio: El robo fingido.
Arranca de una anécdota sucedida en La Sierra, pero el autor es capaz de elevarse sobre dicha anécdota y plasmar un relato ciertamente conmovedor y, lo más importante, crear un ambiente con simples elementos, tomados de los paisajes de nuestra geografía, difícilmente imaginables.

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Fiestas

Aunque las fotos que acompañan el documento nada tienen que ver con los hechos descritos; aunque se trata de aquello que cualquier autor formal pondría en el frontispicio, relativo a que los hechos y los personajes son imaginarios… cualquier coincidencia es mera casualidad… el origen y causa del escrito, nos asevera el autor, es real y ocurrió en un pueblo del que Pepe Ciges escribiera aquello de:
La llástima es que Engra, hoy
ya no es ni sombra de aquello…
No es na más que un espejismo
como ixos de los desiertos
que embaucan al caminante
que va perdido y sediento;

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El asno Romero

Todas las mañanas era la misma rutina, sin embargo Ambrosio no se lamentaba por ello. A él le gusta salir temprano cada día. Apenas las primeras luces del alba habían apagado las farolas del alumbrado, caminaba tras el asno que trasportaba los cántaros de leche que repartía entre el vecindario. En aquella temprana hora, apenas sí se cruzaba en su camino algún vecino madrugador que, con paso presuroso, se dirigía hacia su trabajo diario, y que con las prisas apenas se dedicaban un saludo. Esta tranquilidad matutina apenas se veía alterada.

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Tragedia en el Pino Romo

El sol irrumpe en el valle, tras jugar al tobogán por el lomo de la sierra, despertando la vida en los caseríos. El gallinero alborota con su kikirikí, en su cochinera los cerdos gruñen su hambre, mientras las caballerías rebuznan su impaciencia, y Miguel, el casero, sale a la pálida luz de la calle abrochando su bragueta después de la obligada micción de la mañana bajo la higuera que delimita la zona habitable de la masía. Inés, su mujer, carga con el capazo lleno de grano para el averío. La jornada de trabajo en el campo comienza temprano.

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La vaca Rosenda

Rosenda es una pequeña vaca que pasta en el prado que avecina con la casa de Doña Inés. Esta vecindad ha compuesto un curioso binomio entre la vaca y la mujer, y ello ha sido fruto de un sentimental concepto de la convivencia, cerca de por medio, entre ellas dos. Una, la mujer, descansa en el porche sobre una mecedora, mientras la otra, la vaca, ramonea la hierba. Un mugido, una risa, y el triqui-traca incesante del mecerse, son el idioma con que las dos parece que se comunican.

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La venganza del carpintero

Hace ya algunas semanas, en concreto, el 22 de mayo del año pasado –nº II/38 del blog De parla enguerina– , nos hacíamos eco del suceso objeto de la pluma de Emilio Marín, que ahora les presentamos, pero en la pluma de Fernando Palop. Éste último lo tituló La bufalaga cuando lo publicó en la Revista Enguera’76.

Hoy, como venimos de afirmar, publicamos una nueva versión del suceso, bien que gracias a la pluma de otro ilustre enguerino.

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El tío Villa

Antes que el sol arranque los primeros destellos en el espejo del agua, o sobre el satinado mármol de la fuente, ya el Mercado ha cobrado vida. Y en él, el puesto de “Venta de Salazones”. Aquel puesto, (una mesa con mástiles para sostener el toldo que igual servía para los días de lluvia como para los de implacable sol del verano) como la blanca tela de un velero de tierra adentro, ya está allí, como todos los sábados de toda la vida. (Los sábados es el día de Mercado) Siempre ocupando la misma esquina de la misma plaza, salvo por obras o en días de feria.

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